La busqué durante años con datos incompletos. Cuando encontré su acta de defunción, decidí trasladarme a la región para averiguar cómo había vivido. Jamás imaginé encontrar a su hija en una casa abandonada.
La prueba genética, practicada con las autorizaciones correspondientes, confirmó nuestro parentesco como tía y sobrina. Leí el resultado sentada en mi coche. Luego lloré por mi hermana, a quien había llegado demasiado tarde, y por Inés, a quien todavía estábamos a tiempo de proteger.
Cuando se lo conté, ella quiso ver la fotografía otra vez.
—Mamá decía que había olvidado muchas cosas de cuando era chiquita. Pero se acordaba de una niña que le enseñó a coser botones.
—Era yo.
—Entonces sí se acordaba de ti.
Inés me contó cómo Marina preparaba tamales de frijol y escondía notas con dibujos en los bolsillos. Yo le hablé de la muñeca roja que le había cosido cuando éramos pequeñas. Así fuimos reuniendo una vida que ninguna de las dos conocía completa.