Sentí que se me cerraba la garganta. Yo había cosido aquella muñeca cuando tenía doce años. Le faltaba un ojo porque usé uno de sus botones para remendar el abrigo de mi hermana. Y el gato de una sola oreja era un dibujo que nuestra madre hacía en las notas del refrigerador.
Volteé la fotografía. Atrás, con la letra torcida que recordaba de mi abuela, se leía: «Valeria y Marina. Verano de 1997».
—¿La conocía? —preguntó Inés al ver mi expresión.
—Creo que conocí a tu mamá mucho antes de que tú nacieras.
—¿Era amiga suya?
Tenía las manos temblorosas. Quise abrazarla, decirle que éramos familia, prometerle cosas que aún no podía demostrar. En cambio, respiré y respondí:
—Creo que era mi hermana. Pero tengo que comprobarlo.
Esa misma tarde solicité, por los canales legales, las constancias de adopción y las autorizaciones para una prueba de parentesco. La fotografía era una pista, no una sentencia.