Esta vez no llegó gritando.
Traía un enorme ramo de rosas blancas y una caja de chocolates que, años atrás, yo le había dicho que eran mis favoritos.
Llevaba puesta la camisa azul que utilizaba cuando quería causar buena impresión.
Tomás estaba sentado junto a la ventana.
—Necesito hablar con mi esposa a solas —anunció Rodrigo.
—Puedes hablar aquí —respondí.
Me miró sorprendido.
—Daniela, por favor. No hagamos un espectáculo.
—No quiero quedarme sola contigo.
Durante unos segundos apretó la mandíbula.
Después sonrió.
—Está bien, mi amor. Sé que has pasado por mucho.
Dejó las flores sobre la mesa y se acercó a mi cama.
—He estado pensando. Me comporté mal después del accidente. Estaba nervioso, preocupado por el coche, por los gastos… Dije cosas que no sentía.
Esperé.
—Pero tampoco podemos destruir siete años de matrimonio por una discusión.