Aquella frase me atravesó.
Una discusión.
Así llamaba a los años en los que había revisado mis mensajes, limitado mis amistades y convertido cada desacuerdo en una batalla que yo terminaba perdiendo.
—Rodrigo, no estoy hablando solamente de aquella noche.
—¿Entonces de qué?
—De todo lo que ha pasado desde que nos casamos.
Su expresión cambió.
—Ya entiendo. Tu hermano te está llenando la cabeza de tonterías.
—Tomás no me dijo qué pensar. Me escuchó.
Rodrigo soltó una carcajada desagradable.
—Claro. Aparece después de ocho años y ahora resulta que sabe más de nuestro matrimonio que yo.
Respiré profundamente.
—También necesito saber qué pasó con nuestro dinero.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué dinero?
—Los casi 230 mil pesos de la cuenta.
Rodrigo miró a Tomás.
Después volvió a mirarme.
—¿Ahora revisas mis negocios a mis espaldas?
—Son nuestros ahorros.
—¡Eran una inversión!