—Entonces enséñame los contratos y los comprobantes.
Su rostro empezó a enrojecer.
—No puedo creer que estés contratando abogados contra tu propio marido.
—Contraté una abogada porque necesito entender mis derechos.
Se inclinó hacia mí.
—Escúchame bien. Si sigues por ese camino, no esperes que te mantenga cuando salgas de aquí.
Sentí el impulso de disculparme.
Era una reacción tan automática que me avergonzó.
Pero miré a Tomás.
Mi hermano permanecía en silencio, dejándome responder por mí misma.
—No quiero que me mantengas —dije—. Quiero que dejes de amenazarme.
Rodrigo tomó las flores y las arrojó sobre una silla.
—Te vas a arrepentir. Nadie más va a aguantarte como yo.
Se marchó golpeando la puerta.
Durante varios segundos no pude hablar.
Tenía el corazón acelerado y las manos húmedas.
Tomás se acercó.
—¿Estás bien?
Miré las rosas desparramadas.