Poco a poco, Rodrigo empezó a cuestionarlo todo.
Primero se molestaba porque llegaba tarde.
Después decía que mis compañeras eran una mala influencia.
Más adelante insistió en que depositáramos nuestros ingresos en una cuenta compartida.
—Somos un matrimonio, Daniela. No deberíamos tener secretos económicos.
Acepté porque confiaba en él.
Pero con el tiempo descubrí que aquella transparencia funcionaba solamente en una dirección.
Él podía gastar sin explicar nada.
Yo tenía que justificar hasta la compra de unos zapatos.
Si preguntaba por algún movimiento bancario, se ofendía.
Si insistía, me acusaba de desconfiada.
Y si finalmente me quedaba callada, decía que por fin estaba comportándome como una esposa razonable.
Durante años confundí la ausencia de discusiones con la tranquilidad.
Ahora entendía que solamente había aprendido a tener miedo.
Dos días después de que consultamos a la abogada, Rodrigo volvió al hospital.