Aprendí a no convertir la opinión de los demás en otra prisión.
Un martes por la tarde recibí una llamada de un número desconocido.
Contesté.
Era Rodrigo.
—Necesito verte, Daniela.
Sentí una presión familiar en el pecho.
—¿Para qué?
—Para hablar como dos adultos. Sin tu hermano y sin abogados.
Guardé silencio.
—No puedes terminar siete años de matrimonio de esta manera —continuó—. Tenemos que arreglarlo.
Durante mucho tiempo aquellas palabras habrían sido suficientes para hacerme sentir culpable.
Pero esta vez respondí:
—Si necesitas hablar sobre el departamento o el dinero, comunícate con mi abogada.
—¿Y si quiero pedirte perdón?
Miré la fotografía de Tomás y de mí junto al lago.
—Puedes escribirme lo que tengas que decir. Pero no estoy preparada para verte.
Rodrigo guardó silencio.
Después preguntó:
—Entonces, ¿de verdad no vas a regresar?
Cerré los ojos.