Después del accidente, mi esposo me dejó sola en el hospital y me dijo con desprecio: “Llama a alguien que sí te necesite”. Llevábamos siete años casados, pero ni siquiera quiso acercarme un vaso de agua. En lugar de suplicarle, llamé a mi hermano después de ocho años de silencio. Lo que descubrimos sobre nuestros ahorros de 230 mil pesos hizo que mi esposo cambiara de actitud repentinamente…

También retomé poco a poco algunas actividades laborales, siguiendo las indicaciones médicas.

Por esas fechas, mi abogada preparó los documentos necesarios para iniciar formalmente el divorcio.

El día que fui a firmar, las manos me temblaban.

Me quedé mirando mi nombre escrito sobre el papel.

Pensé en la boda.

En el vestido blanco.

En las fotografías donde los dos sonreíamos convencidos de que estaríamos juntos para siempre.

Lloré.

Patricia me ofreció unos minutos.

—No tienes que apresurarte.

—No estoy dudando —respondí—. Solamente me duele aceptar que aquello en lo que tanto creí terminó así.

Firmé.

El proceso legal siguió su curso. Los asuntos relacionados con el departamento y el dinero continuaron resolviéndose por separado, sin una solución inmediata.

Rodrigo siguió contando a algunos conocidos que yo había exagerado todo por culpa del accidente.

Hubo personas que le creyeron.

Otras se acercaron a preguntarme cómo estaba.

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