Y Tomás recuperó una costumbre de nuestra infancia: poner música mientras preparaba la cena, aunque cantara terriblemente mal.
Un domingo, buscando ropa entre mis cajas, encontré una fotografía antigua.
Tomás y yo aparecíamos junto a un lago.
Yo tendría unos diez años.
Estaba lloviendo y él sostenía su impermeable por encima de mi cabeza para que no me mojara.
Me quedé mirando aquella imagen durante mucho tiempo.
Recordé que, cuando éramos pequeños, mi hermano siempre caminaba del lado de la calle para protegerme de los coches.
Y comprendí que el mismo hombre al que había apartado de mi vida seguía siendo alguien en quien podía confiar.
Coloqué la fotografía sobre mi mesita de noche.
Tres meses después del accidente, pude caminar distancias cortas con menos ayuda.
Todavía tenía molestias y continuaba rehabilitándome, pero empecé a sentir que mi cuerpo volvía a pertenecerme.