Recordé la lluvia.
El automóvil destrozado.
La cama del hospital.
El vaso de agua que no podía alcanzar.
Y la voz de mi esposo diciéndome que llamara a alguien a quien sí le importara.
—No, Rodrigo. No voy a regresar.
Colgué.
Me dolió.
Pero por primera vez aquel dolor no venía del miedo a su reacción.
Venía de aceptar que algunas historias no pueden salvarse solamente porque una persona esté dispuesta a soportarlo todo.
Me levanté despacio y caminé hacia la cocina.
Tomás estaba preparando espagueti.
—Creo que otra vez se me pasó la pasta —anunció, mirando la olla con desesperación.
Me eché a reír.
Una risa verdadera.
De esas que salen sin pedir permiso.
Mi hermano me observó sorprendido.
—¿Qué?
—Nada —respondí—. Solamente me acordé de cuánto extrañaba estar aquí.
Él sonrió.
Y seguimos preparando la cena.
Todavía quedaban problemas por resolver, días de rehabilitación y muchas cosas que reconstruir.