Mi madre fue a visitarnos y se quedó algunos días, respetando sus propias necesidades de descanso.
Tomás reorganizó su trabajo para acompañarme a varias consultas.
Me ayudaba a moverme con seguridad y me recordaba los horarios de los medicamentos.
Nunca me hizo sentir que estaba arruinándole la vida.
Una noche, mientras cenábamos, le pregunté:
—¿Nunca me guardaste rencor?
Dejó el tenedor sobre la mesa.
—Claro que me dolió lo que pasó.
Bajé la mirada.
—Lo sé.
—Pero estar enojado contigo no significa dejar de quererte.
—Te dije cosas horribles.
—Sí. Y algún día hablaremos de ellas con calma. Pero no vine a cobrarte una deuda.
Lo miré sorprendida.
Tomás sonrió.
—Eres mi hermana, Daniela. No tienes que ganarte el derecho a que me importe lo que te pasa.
Aquella noche lloré.
No por Rodrigo.
Lloré por todos los años en los que había creído que el cariño debía comprarse con obediencia.