Aseguró que pensaba recuperarlo.
Sin embargo, no presentó documentos que justificaran todas las operaciones.
El asunto siguió bajo revisión y mi abogada estudió las vías disponibles para reclamar lo que correspondiera.
No hubo una recuperación milagrosa del dinero.
Tampoco apareció una confesión capaz de resolverlo todo de inmediato.
La realidad era mucho más complicada.
Yo tenía que enfrentar trámites, gastos médicos, rehabilitación y decisiones que había evitado durante años.
Rodrigo comenzó a llamarme diariamente.
Algunas veces decía que me amaba.
Otras me acusaba de haberlo traicionado.
En una ocasión prometió que cambiaría si regresaba a casa.
Dos días después escribió:
«Destruiste nuestra familia. Espero que estés satisfecha».
Guardé el mensaje para mi abogada.
No respondí.
Cuando me dieron de alta, me trasladé temporalmente a Querétaro para recuperarme en casa de Tomás.