Me limpié las lágrimas.
—Pensé que si te preocupaba, ibas a enfermarte.
—Daniela, me dolía más sentir que ya no podía acercarme a mi propia hija.
Lloramos las dos.
—Perdóname, mamá.
—No necesitas pedir perdón por pedir ayuda. Ya veremos cómo acompañarte sin descuidar mi salud.
Aquella conversación me enseñó algo doloroso.
Rodrigo no había necesitado encerrarme físicamente.
Le había bastado con convencerme de que todas las personas que me querían eran una amenaza para nuestro matrimonio.
Y yo, intentando demostrarle mi lealtad, había ido cerrando una puerta tras otra.
Las semanas siguientes no fueron fáciles.
La abogada obtuvo más documentación bancaria y comenzó a revisar con detalle las transferencias.
Descubrimos que Mauricio atravesaba problemas económicos relacionados con un negocio que había salido mal.
Rodrigo admitió, finalmente y por medio de su representante legal, que había enviado dinero para cubrir compromisos de aquella empresa.