Una tarde le propuse participar en la representación escolar de diciembre.
—No quiero que todos me miren —susurró.
—Entonces empezaremos practicando tú y yo. No tienes que hacerlo perfecto.
Semanas después, con permiso de Felipe, la acompañé a una estética para cortarse el fleco.
Cuando se vio en el espejo, sonrió por primera vez delante de mí.
Pero mi tranquilidad duró poco.
Marisol consiguió que revisáramos la documentación del fideicomiso mediante una copia que Adrián había guardado en una carpeta digital familiar.
El documento había sido firmado por Héctor antes de morir.
El beneficiario era Mateo.
Una participación del 20 % de la empresa estaba dentro de un fideicomiso administrado por una institución bancaria.
Mi hijo no podría disponer libremente de ella hasta alcanzar la mayoría de edad.
Entonces apareció la verdadera razón de las amenazas.
Adrián había solicitado utilizar esa participación como respaldo para conseguir un financiamiento de 2,400,000 pesos.