También solicité una copia certificada del acta de nacimiento de Mateo.
Mientras tanto, descubrí que doña Amparo llevaba 2 días hospitalizada por una crisis hipertensiva.
Su sobrino Felipe, un ingeniero agrónomo de 34 años, se ofreció a llevarme a visitarla.
Felipe era viudo y tenía una hija de 8 años, Inés. Su esposa había muerto de cáncer el año anterior.
Durante el camino me contó que la niña casi no hablaba desde entonces.
—Antes cantaba por toda la casa. Ahora se esconde detrás del cabello y no quiere convivir con nadie.
Cuando conocí a Inés entendí su preocupación. Era una niña de ojos enormes, siempre ocultos bajo un fleco que le llegaba hasta la nariz.
Doña Amparo lloró al verme.
—Sabía que algún día vendrías, hija. Tu abuela estaría orgullosa de que hayas defendido a tu niño.