Una noche, Inés me mostró un cuaderno donde había escrito sobre su mamá. No quiso que yo lo leyera todavía. Simplemente me pidió que se lo guardara hasta que se sintiera lista. Entonces entendí que nuestra nueva familia no necesitaba reemplazar a nadie. Necesitaba espacio para los que estaban y para quienes seguiríamos extrañando.
A veces, cuando miro las 2 casas azules junto al pozo, pienso en lo extraño que fue llamar a la puerta equivocada. Allí encontré a un abuelo al que habían declarado muerto, una familia dividida por las mentiras y el valor para recuperar mi profesión.
Pero no creo que aquella puerta me salvara por arte de magia. Lo que nos sostuvo fue decidir, una y otra vez, que Mateo no pagaría las consecuencias de los errores de los adultos.
Todavía hay quienes me preguntan por qué permití que Silvia siguiera viendo a su nieto después de firmar aquella declaración. Otros creen que debí perdonar a Adrián porque terminó reconociendo su culpa.