Los fotógrafos giraron sus cámaras hacia Daniel. Él retrocedió buscando la mano de Elisa, pero ella lo apartó.
—¡Tú me dijiste que todo era tuyo! —le reclamó, frente a los micrófonos.
Ahí entendí que no había espectáculo más humillante para él que escuchar su propia mentira en la voz de la mujer por la que me abandonó.
Las consecuencias no llegaron por arte de magia. Los acreedores de Daniel ya habían iniciado reclamaciones; la pérdida de inversionistas, el incumplimiento de contratos y la investigación por los archivos empeoraron su situación. Meses después, su empresa entró en un procedimiento mercantil para atender sus deudas. Él tuvo que vender la camioneta y desalojar las oficinas. Elisa terminó la relación cuando descubrió que varias de las joyas que él le regaló se habían comprado con tarjetas de crédito que ya no podía pagar.