Después de cinco años de matrimonio, mi esposo me dejó en la calle por su secretaria: “Ya no sirves para mi nueva vida”. No supliqué; guardé las pruebas y caminé bajo la tormenta hasta desplomarme junto a un auto de lujo. El presidente de una gran empresa bajó corriendo, me miró y se quedó helado al descubrir el pequeño objeto que llevaba desde hacía quince años…

Una tarde lluviosa, Daniel se presentó en la recepción de Horizonte. Solicitó hablar conmigo. Lo encontré sentado junto a un ventanal, con el saco arrugado y una fotografía vieja de nuestra boda entre los dedos.

—Me equivoqué, Silvia. Ella nunca me quiso como tú. Si hablas con Alejandro para que retire la denuncia, podríamos empezar otra vez. Te dejaría dirigir la empresa.

Me sorprendió que todavía creyera que mi sueño consistía en recibir su permiso.

—¿Extrañas a tu esposa o extrañas a la persona que trabajaba gratis para ti? —le pregunté.

—Extraño lo que éramos.

—Entonces debiste cuidarlo cuando lo tenías. No voy a intervenir en los procesos legales. Y no voy a regresar.

Dejó la fotografía en la mesa. Le pedí que se la llevara. Nuestra historia ya no necesitaba adornar ninguna pared.

Con el tiempo, Alejandro y yo nos hicimos amigos de verdad. El recuerdo de la inundación nos había unido, pero fueron nuestras conversaciones, los desacuerdos resueltos con respeto y los días corrientes los que hicieron nacer algo más. Cuando nuestra relación se volvió sentimental, acordamos que las evaluaciones de mi trabajo dependerían de un comité y no de él. No quería repetir la historia de una mujer cuya carrera existía solamente a través de su pareja.

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