Seis meses después de que concluyera mi divorcio, Alejandro me invitó a cenar a una terraza frente al Ángel de la Independencia. En vez de un espectáculo frente a desconocidos, colocó sobre la mesa las dos mitades del dije, unidas ahora por una fina cadena.
—Hace quince años me enseñaste que una persona puede salvar a otra sin pedir nada —dijo—. Hoy quiero preguntarte algo sin presionarte: ¿te gustaría construir una vida conmigo?
Luego abrió una cajita con un anillo sencillo y precioso. Le dije que sí, llorando y riéndome al mismo tiempo.
Planeamos una boda en una hacienda restaurada de Morelos, rodeados de amigos, familiares de Alejandro y compañeros que de verdad se alegraban por nosotros. Yo diseñé la iluminación del jardín. Mi antigua profesora me acompañó hasta el altar. Quise que esa ceremonia hablara de amor, no de lujo.