Después de cinco años de matrimonio, mi esposo me dejó en la calle por su secretaria: “Ya no sirves para mi nueva vida”. No supliqué; guardé las pruebas y caminé bajo la tormenta hasta desplomarme junto a un auto de lujo. El presidente de una gran empresa bajó corriendo, me miró y se quedó helado al descubrir el pequeño objeto que llevaba desde hacía quince años…

Daniel se enteró por una nota de negocios de que Alejandro se casaría en Morelos, aunque mi identidad no figuraba en la publicación. Volvió a buscar a Elisa. Juntos consiguieron unos pases falsificados de un proveedor y se presentaron en la hacienda vestidos como invitados.

Hubo una confusión en el acceso de servicio y lograron llegar hasta el jardín. Cuando el maestro de ceremonias anunció mi entrada, Daniel se colocó junto al pasillo, listo para suplicarle a Alejandro delante de todos. Elisa alisaba su vestido rojo, pendiente de encontrar a algún empresario dispuesto a escucharla.

Yo aparecí del brazo de mi antigua profesora. Daniel abrió la boca, pero al reconocerme detrás del velo se quedó paralizado. Elisa siguió su mirada y gritó:

—¡No puede ser! ¡La novia es Silvia! ¡Esa mujer era la esposa de Daniel!

La música se detuvo. Un centenar de invitados volteó hacia ellos. Daniel intentó hacerme una seña desesperada.

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