Daniel se enteró por una nota de negocios de que Alejandro se casaría en Morelos, aunque mi identidad no figuraba en la publicación. Volvió a buscar a Elisa. Juntos consiguieron unos pases falsificados de un proveedor y se presentaron en la hacienda vestidos como invitados.
Hubo una confusión en el acceso de servicio y lograron llegar hasta el jardín. Cuando el maestro de ceremonias anunció mi entrada, Daniel se colocó junto al pasillo, listo para suplicarle a Alejandro delante de todos. Elisa alisaba su vestido rojo, pendiente de encontrar a algún empresario dispuesto a escucharla.
Yo aparecí del brazo de mi antigua profesora. Daniel abrió la boca, pero al reconocerme detrás del velo se quedó paralizado. Elisa siguió su mirada y gritó:
—¡No puede ser! ¡La novia es Silvia! ¡Esa mujer era la esposa de Daniel!
La música se detuvo. Un centenar de invitados volteó hacia ellos. Daniel intentó hacerme una seña desesperada.