Después de cinco años de matrimonio, mi esposo me dejó en la calle por su secretaria: “Ya no sirves para mi nueva vida”. No supliqué; guardé las pruebas y caminé bajo la tormenta hasta desplomarme junto a un auto de lujo. El presidente de una gran empresa bajó corriendo, me miró y se quedó helado al descubrir el pequeño objeto que llevaba desde hacía quince años…

La noticia llegó a oídos de Elisa. Daniel estaba perdiendo contratos y dos socios le exigían explicaciones sobre gastos no comprobados. Ellos pensaron que podían salvarse robando mi proyecto, presentándolo como suyo y acusándome después de plagio.

Elisa convenció a un empleado externo de soporte informático para copiar archivos de una carpeta compartida a la que tenía acceso por mantenimiento. Pero los sistemas conservaron registros de acceso y transferencia. Cuando el área de seguridad detectó la descarga irregular, suspendió las credenciales, preservó las evidencias y notificó a la asesoría jurídica. Yo aporté mis bocetos en papel, correos antiguos y los expedientes con los que había documentado y registrado mis obras ante INDAUTOR.

No quisimos armar un escándalo sin pruebas. Presentamos las denuncias y dejamos que las autoridades determinaran las responsabilidades.

Daniel, ignorante de esa investigación, organizó una conferencia de prensa. Llegó a la presentación pública de Horizonte con Elisa y varios reporteros invitados por ellos. Apenas comencé a explicar el proyecto, él interrumpió desde la puerta:

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