Presenté los archivos a Alejandro y al comité técnico. Durante la reunión, el director de arquitectura se inclinó hacia la pantalla.
—Estas soluciones se parecen muchísimo a las de una diseñadora que firmaba como «Anónima» hace años.
Me temblaron las manos.
—Porque yo soy Anónima.
Les expliqué que Daniel había presentado mis primeros trabajos bajo ese seudónimo para conseguir contratos, pero después empezó a adjudicarse la autoría. Conservaba respaldos originales, correos de entregas y versiones fechadas. Aquello que él llamaba «los dibujitos de mi esposa» había financiado buena parte de sus primeras obras.
El comité decidió evaluar mis propuestas con los mismos criterios que las demás. Semanas después me nombraron directora creativa del proyecto, con responsabilidades, salario y metas establecidos por escrito. Esa noche celebré con tacos al pastor y una llamada a mi antigua profesora de la universidad, que lloró al enterarse de que por fin trabajaba con mi propio nombre.