Lloré. No porque hubiera encontrado a un hombre poderoso, sino porque alguien guardó durante quince años el recuerdo de un gesto que yo casi había olvidado.
Alejandro no me pidió que cambiara mi vida por él. Me acompañó a hablar con una abogada, la licenciada Patricia Robles, quien inició los trámites del divorcio, pidió un inventario de bienes y gestionó que recuperara mis pertenencias. La situación patrimonial habría de resolverse conforme a nuestro régimen matrimonial y a las pruebas de mis aportaciones. No era tan sencillo como Daniel había presumido.
Yo acepté el puesto en Horizonte después de pasar una entrevista con el área de proyectos. Con el primer anticipo de mi sueldo renté un departamento pequeño. También fui a cortarme el cabello y compré ropa para las reuniones. Frente al espejo descubrí que no había perdido mi belleza: había perdido la costumbre de mirarme con cariño.