Una semana después Alejandro me invitó, junto con otros integrantes del equipo, a una cena de la cámara empresarial. Allí apareció Daniel con Elisa del brazo. Los vi buscar inversionistas entre mesas, sonriendo con una desesperación que no conocía.
Elisa me reconoció primero.
—¡Mira nada más! —gritó—. Te corrieron de tu casa y ya encontraste quién te compre vestidos.
Daniel se acercó y recorrió mi ropa con los ojos.
—Aunque te vistas de seda, sigues siendo la misma mantenida.
Varias personas dejaron de conversar. Yo respiré despacio.
—Trabajo para Grupo Horizonte. Y si algo aprendí contigo es que un traje caro no vuelve decente a nadie.
Elisa levantó una mano para abofetearme. Una integrante del comité organizador intervino antes de que me tocara. Alejandro, que había escuchado los gritos, se acercó con el encargado del evento.
—Silvia es parte de nuestro equipo —dijo con serenidad—. Aquí no vamos a permitir amenazas ni agresiones.