Dentro de la bolsita había otra media luna de plata. La acercó a la mía y las dos piezas encajaron: hasta una rayadura diminuta coincidía. Me faltó el aire.
—¿Tú eras aquel muchacho? —pregunté.
Alejandro asintió. Tenía dieciséis años cuando una crecida repentina de un río, durante una visita con voluntarios a una comunidad de Tabasco, lo separó del grupo. Yo vivía cerca y lo encontré aferrado a un árbol, muerto de miedo. Compartí con él la única torta que llevaba y lo guié por un camino elevado hasta donde estaban los rescatistas. Antes de despedirnos, rompí mi dije y le di una mitad para que recordara que lograría salir de allí.
—Mi familia regresó a buscarte —explicó—, pero ustedes se habían mudado después de la inundación. Nunca supe tu apellido. Ayer vi la media luna y sentí que el pasado me estaba mirando a los ojos.