Un sábado, a las siete y media, reconocí su coche frente a la jacaranda. Bajaron los cuatro. Mateo corrió hacia mí. Lucía se detuvo a leer el letrero de su abuelo.
Andrés permaneció al pie de los escalones, pálido.
—Esta es nuestra casa —le dije desde la terraza.
—Era la que íbamos a comprar nosotros.
—Lo sé.
Miró los rosales, la taza que yo sostenía y, finalmente, mi rostro.
—Mamá, esa casa costó más de once millones. ¿De dónde sacaste el dinero? ¿Qué más nos has estado ocultando?
PARTE 3
—Gané el Melate —respondí—. En mayo. Ochenta y nueve millones de pesos.
Andrés miró hacia su esposa, como si esperara que ella desmintiera mis palabras.
—¿Ochenta y nueve millones? —repitió mi hijo—. ¿Y nos dejaste pasar meses preocupados por el dinero?
Ahí estaba. No me preguntó si había estado asustada, si alguien me había asesorado, si estaba bien. Lo primero que vio fue lo que aquel premio habría podido resolverles.