La primera residente fue Teresa, de setenta y cinco años. Había pasado ocho meses durmiendo en la sala de su hija, procurando levantarse antes que todos para que nadie la llamara estorbo. Cuando visitó el departamento preguntó tres veces si de verdad podía cerrar su propia puerta.
—Sí, Teresa. Y puede recibir visitas cuando usted quiera.
Se sentó junto a la ventana sin hablar. Me contó que llevaba meses sin elegir a qué hora tomar café. Entonces comprendí que una llave podía significar mucho más que una propiedad.
La asociación llamó al proyecto La Segunda Taza. Julián habría sonreído: dos hogares modestos, seguros y tranquilos.
En casa, la reconciliación fue más lenta de lo que cualquiera habría querido. Lucía comenzó a venir los sábados para leer en la terraza. Mateo me ayudaba con los rosales y siempre terminaba manchado de tierra. Paola me preguntaba antes de visitarme y, algunas tardes, hablábamos de Ofelia sin mencionar dinero. Poco a poco dejó de llamarme Elena con aquella formalidad distante y empezó a decirme suegra con una sonrisa verdadera.