Pero hubo retrocesos. Un domingo mencionó que, si algún día yo ya no necesitaba tantas habitaciones, ellos podrían comprarme la casa. Le recordé nuestra conversación sin levantar la voz.
—No está en venta, Andrés. Ni ahora ni como recompensa por portarte mejor.
Se quedó callado. Dos días después llamó para disculparse sin añadir ninguna petición. Fue la primera disculpa que pude creerle.
Con Clara revisé mi testamento y la forma de proteger esta propiedad. Mi intención es vivir aquí mientras pueda y dejarla, después, en beneficio de Lucía y Mateo, con reglas que eviten decisiones apresuradas mientras sean jóvenes. No les he prometido una fortuna ilimitada; quiero darles oportunidades, no enseñarles a esperar que alguien resuelva su vida.
También quise hacer algo por las mujeres que no habían tenido mi suerte. Conocí a una asociación queretana que acompaña a personas mayores sin vivienda estable. En vez de entregar un cheque y desentenderme, financié la adaptación de una casa con dos pequeños departamentos y un patio común. La asociación se encargó de evaluar solicitudes y dar seguimiento; yo revisé contratos, accesibilidad y gastos de mantenimiento.