Una hora más tarde nos sentamos los tres a la mesa de mi cocina amarilla. Paola tenía las manos apretadas sobre las rodillas.
—Mi mamá tiene demencia —empezó—. Ya no puede vivir sola. En Los Fresnos paga cuarenta y ocho mil pesos mensuales, entre alojamiento y cuidados. Yo cubro casi todo porque mi hermano apenas ayuda. Hemos usado tarjetas, pedimos un crédito y llevamos meses atrasados.
Me acordé del recibo, de las llamadas y de las noches en que llegaba agotada. Entendí la presión, sin justificar su crueldad.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
—Porque pensé que pronto tendríamos que cuidar también de ti. Me asustaba otra persona mayor en casa. Y cuando vi que los niños te buscaban para todo, empecé a depender de ti mientras te culpaba por estar allí.
Andrés intervino antes de que yo contestara.
—Yo sabía cómo te hablábamos. No fue solo Paola. Me convenía que resolvieras todo y también quería recuperar la habitación. No dije nada porque era más fácil.