Andrés leyó las palabras. Su expresión cambió, pero no lloró ni se arrodilló. Solo apoyó una mano en uno de los pilares.
—Me acuerdo de que papá me enseñaba a leer ahí —dijo muy bajo.
—Entonces también podrías recordar que me pidió cuidar de mí, no convertirme en su reemplazo para todas las tareas de la casa.
Paola preguntó si había comprado la casona para vengarme.
—Ustedes perdieron esta casa antes de que yo hiciera una oferta. No se la quité. La compré porque me gustó, porque podía pagarla y porque necesito un lugar donde nadie lleve la cuenta de las veces que me siento a descansar.
Lucía se acercó desde el jardín. Había escuchado parte de la discusión.
—Abuela, ¿todavía podemos venir?
—Claro. Pero vienen a visitarme, no a pedir permiso para quedarse con mis habitaciones.
Le acaricié el cabello. Andrés bajó la mirada. Le pedí que llevara a los niños por un helado y que después regresara con Paola. No quería que Lucía y Mateo cargaran con las cuentas pendientes de los adultos.