—El dinero era mío, Andrés. Igual que los dos millones ochocientos mil de la venta de mi casa. Nunca les pedí que me mantuvieran.
—Vivías bajo nuestro techo —intervino Paola—. Pagábamos los servicios.
—Y yo llevaba a los niños a la escuela, cocinaba, limpiaba y cuidaba de ellos cuando se iban de viaje. Si querían repartir gastos, podían hablar conmigo. Lo que hicieron fue tratarme como una carga y después enseñarme la puerta.
Andrés se pasó una mano por la cara.
—Pudiste decírnoslo.
—¿Cuándo? ¿Antes de que me ofrecieran una residencia? ¿Para que de pronto mi presencia dejara de estorbarles?
Ninguno respondió.
Me acerqué al letrero. La madera tenía una pequeña marca negra en una esquina, donde Julián había apoyado demasiado tiempo el pirógrafo.
—Tu papá hizo esto cuando tú eras niño. Decía que la segunda taza era para quedarse. Lo pusieron en la cochera como si fuera basura. Y cuando te pregunté por él aquella noche, ni siquiera sabías de qué hablaba.