El hombre que mataba a las abuelas… y sonreía mientras lo hacía En 1987, en Santander, empezaron a aparecer cadáveres de mujeres mayores. Todas vivían solas. Todas tenían entre 65 y 90 años. Todas habían sido violadas. Y todas habían sido estranguladas o golpeadas hasta la muerte.

El hombre que mataba a las abuelas… y sonreía mientras lo hacía

En 1987, en Santander, empezaron a aparecer cadáveres de mujeres mayores.
Todas vivían solas.
Todas tenían entre 65 y 90 años.
Todas habían sido violadas.
Y todas habían sido estranguladas o golpeadas hasta la muerte.

Al principio, la policía pensó que se trataba de robos violentos. Las casas estaban desordenadas, había dinero y joyas desaparecidas. Pero había algo que no cuadraba: el grado de violencia sexual y el ensañamiento. Alguien no solo robaba… alguien disfrutaba.

El asesino era un hombre de 30 años, de aspecto normal, casi agradable. Se llamaba José Antonio Rodríguez Vega.
Los vecinos lo conocían como un tipo educado, que a veces ayudaba a las ancianas a subir la compra o a cambiar una bombilla. Nadie sospechaba de él.

Durante más de un año, Rodríguez Vega entró en al menos dieciséis casas.
Se presentaba como un trabajador, un fontanero, un electricista, o simplemente alguien que “pasaba por allí”. Una vez dentro, la situación cambiaba en segundos. Atacaba con una ferocidad extrema. Después de matarlas, en varios casos, abusaba de los cadáveres. Luego robaba lo que podía y se iba como si nada.

La policía tardó en relacionar los crímenes. Las víctimas eran ancianas, solitarias, y en aquella época este tipo de asesinatos no generaba el mismo alarma social que si se tratara de jóvenes. Pero los forenses empezaron a ver el patrón: el mismo tipo de violencia, el mismo modus operandi, el mismo desprecio absoluto por la vida de las víctimas.

En 1988 lo detuvieron.
Cuando lo interrogaron, no mostró remordimiento. Al contrario: hablaba de sus crímenes con una frialdad escalofriante. Llegó a decir frases como:

«Todos los hombres han sentido alguna vez deseos de violar a su madre.»

Fue condenado a 440 años de prisión. El mayor número de años impuesto a un asesino en serie en España hasta ese momento. Pero Rodríguez Vega no cumplió ni una décima parte de la pena.

En 2002, mientras estaba en la cárcel de Topas (Salamanca), otros presos decidieron hacer justicia por su cuenta.
Lo atacaron en el patio. Le clavaron un objeto afilado 113 veces. Murió desangrado en el suelo de la prisión.

El hombre que había sembrado el terror entre las abuelas de Santander terminó sus días de la forma más violenta posible… a manos de quienes compartían celda con él.

Hoy, décadas después, su caso sigue siendo uno de los más estremecedores de la crónica negra española.
No porque matara a decenas de personas de forma espectacular.
Sino porque mataba a las más vulnerables…
y lo hacía con una sonrisa.

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