La mujer que mataba a las abuelas… y nadie sospechaba de ella Durante casi una década, en las calles de la Ciudad de México, las ancianas empezaron a morir de forma silenciosa y brutal. Vivían solas. Abrían la puerta a alguien que parecía inofensivo. Y nunca volvían a salir con vida. El asesino no era un hombre. Era una mujer. Se llamaba Juana Barraza Samperio, pero el pueblo la conocería para siempre como La Mataviejitas. Los datos más impactantes están en el primer comentario.

La mujer que mataba a las abuelas… y nadie sospechaba de ella

Durante casi una década, en las calles de la Ciudad de México, las ancianas empezaron a morir de forma silenciosa y brutal.
Vivían solas.
Abrían la puerta a alguien que parecía inofensivo.
Y nunca volvían a salir con vida.

El asesino no era un hombre.
Era una mujer.

Se llamaba Juana Barraza Samperio, pero el pueblo la conocería para siempre como La Mataviejitas.

Nacida en 1957 en Epazoyucan, Hidalgo, Juana creció en una infancia marcada por la violencia y el abandono. Su madre, alcohólica, la entregó de niña a un hombre a cambio de unas cervezas. Fue abusada, quedó embarazada siendo todavía una adolescente y arrastró una vida de pobreza, golpes y resentimiento. Con el tiempo se dedicó a trabajos domésticos y, según ella misma, llegó a participar en la lucha libre bajo el nombre de “La Dama del Silencio”. Era fuerte, corpulenta, de manos grandes y mirada fría.

Entre finales de los años 90 y enero de 2006, Juana recorrió colonias populares de la Ciudad de México y la zona metropolitana. Se presentaba como trabajadora social, enfermera, encuestadora o simplemente como una mujer solidaria que ofrecía ayuda a las ancianas que vivían solas. Les hablaba con suavidad. Les sonreía. Les hacía creer que estaba allí para cuidarlas.

Una vez dentro de la casa, la máscara caía.

Las golpeaba, las dominaba con su fuerza física y las estrangulaba con cables, bufandas, medias o cualquier objeto que encontrara a mano. Después robaba lo poco que tenían: dinero, joyas, aparatos eléctricos. En algunos casos dejaba el cuerpo en posiciones que sugerían un ensañamiento especial.

Las autoridades calculan que pudo haber matado entre 40 y 48 mujeres de la tercera edad. Solo se le probaron 16. Durante años la policía creyó que el asesino era un hombre disfrazado de mujer. Nadie imaginaba que detrás de tantos cadáveres de abuelas había una mujer que había sido luchadora y que conocía perfectamente cómo ganar la confianza de sus víctimas.

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