El hombre que confesó 48 asesinatos… y nunca pisó una cárcel En enero de 1971, en El Puerto de Santa María (Cádiz), la policía detuvo a un hombre de 28 años por la desaparición de su novia. Se llamaba Manuel Delgado Villegas.

El hombre que confesó 48 asesinatos… y nunca pisó una cárcel

En enero de 1971, en El Puerto de Santa María (Cádiz), la policía detuvo a un hombre de 28 años por la desaparición de su novia.
Se llamaba Manuel Delgado Villegas.
Nadie imaginaba que aquel individuo de aspecto vulgar, semi-analfabeto y de mirada infantil, estaba a punto de convertirse en el mayor asesino en serie de la historia de España.

Cuando los agentes empezaron a interrogarlo, Manuel no solo confesó haber matado a su novia, Antonia Rodríguez, una mujer con discapacidad mental a la que había estrangulado y ocultado entre matorrales.
Empezó a hablar.
Y no paró.

Uno detrás de otro.
Uno detrás de otro.
Hasta llegar a cuarenta y ocho.

Los inspectores lo miraban incrédulos. Pensaban que se trataba de un loco que exageraba. Pero Manuel daba detalles. Lugares. Fechas. Nombres. Describía cómo había matado, dónde había escondido los cuerpos y, en varios casos, cómo había regresado días después para violar los cadáveres.

«Así es mejor… porque no habla», les dijo con total naturalidad cuando le preguntaron por qué volvía a los cuerpos.

Nacido en Sevilla en 1943, su madre murió al darle a luz. Su padre vendía arrope por las calles, de ahí el apodo que lo acompañaría para siempre: El Arropiero. Criado por su abuela en Mataró, nunca aprendió a leer ni a escribir bien. Desde niño mostraba una crueldad extraña. En la Legión aprendió a matar con las manos. Luego desertó y se dedicó a vagar por España, Francia e Italia durante casi una década.

Entre 1964 y 1971 dejó un rastro de cadáveres. Personas mayores, discapacitados, prostitutas, transeúntes. A veces mataba por robar unas pocas pesetas. Otras veces, simplemente porque alguien le había mirado mal o le había dicho algo que no le gustó. No planeaba. No elegía. Mataba cuando le salía.

La policía solo pudo demostrar siete asesinatos con pruebas suficientes. En otros quince casos las evidencias eran fuertes, pero insuficientes para condenarlo. El resto se perdió en el olvido, en fosas sin identificar o en países extranjeros.

Los psiquiatras que lo examinaron lo declararon enfermo mental grave. Tenía una anomalía cromosómica (XYY) y un retraso intelectual. Nunca fue juzgado. Lo internaron en el hospital psiquiátrico de Carabanchel. Allí pasó años sometido a electroshocks y tratamientos agresivos que terminaron por destruir lo poco que quedaba de él.

En 1998, ya convertido en un hombre destruido, encorvado y casi vegetal, murió de una enfermedad pulmonar en Badalona. Nadie lo reclamó. Nadie lo recordó como el monstruo que había sido. Solo como un mendigo más.

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