PARTE 2
Dos semanas después de ser expulsada, Mariana fue llevada de urgencia a un hospital de Iztapalapa por deshidratación y desnutrición. Mientras ella recibía suero, Elvira colocó la antigua tarjeta SIM de su nuera en otro celular y envió a toda la familia un audio manipulado. Había unido frases sueltas hasta fabricar una confesión de infidelidad. También rompió los avisos de dos cartas certificadas enviadas por el licenciado Matías y rechazó al abogado cuando fue a buscar a Víctor. En agosto, Mariana dio a luz a una niña: Elisa. Como Víctor era realmente el padre, su nombre apareció en el acta de nacimiento. Mariana no reclamó pensión. Solo escribió una carta para informarle que su hija había nacido. Elvira respondió con tinta roja: “Víctor es feliz sin ti. Olvida esta dirección.” Luego comenzó a decir que Mariana había robado los 420 mil pesos y amenazó con denunciarla. Asustada de que aquella acusación pudiera afectar la custodia de su bebé, Mariana trabajó de noche empacando mercancía y transfirió dos mil pesos a la cuenta de Víctor. En el concepto escribió: “De parte de Elisa Hernández”. Víctor nunca lo notó. Tampoco supo que su tío Leonel enviaba cada mes quince mil pesos para ayudarlo a recuperarse del supuesto robo. Elvira guardó cada depósito. Con los años, Víctor dejó el departamento de su madre y se instaló en la vieja casa de su abuela. Bebía demasiado, evitaba reuniones familiares y se convencía de que Mariana lo había destruido. Hasta aquella mañana en Buenavista. Después de recibir el plato, Mariana se sentó en una banca. No probó la comida. Guardó una pieza de pan en una mochila infantil y caminó hacia unas calles detrás de las vías. Víctor entregó el cucharón a su compañero y fue tras ella. La vio entrar en un edificio antiguo con un letrero azul: CENTRO DE APOYO PARA MUJERES Y NIÑOS. Por una ventana distinguió a Mariana sentada frente a una niña de unos cuatro años. La pequeña estaba subida sobre un libro grueso para alcanzar la mesa. Mariana partió el pan y le dio el pedazo más grande. La niña levantó el rostro. Víctor sintió que el aire se le atoraba. Tenía sus mismos ojos, la misma nariz recta y el hoyuelo de sus fotografías infantiles. —¿Viene a pedir ayuda o solo a espiar? Víctor se volvió. En las escaleras estaba el hombre de la fotografía. —Usted es el amante —murmuró. El hombre le entregó una tarjeta. LIC. MATÍAS TÉLLEZ. ASESORÍA JURÍDICA GRATUITA. —No, señor Hernández. Soy el abogado que intentó decirle la verdad cuatro años atrás. En una oficina, Matías abrió un expediente. Colocó cartas devueltas, registros médicos y la fotografía original sin recortar. Luego llamó a Mariana. —Elisa es tu hija —dijo ella—. Yo ya estaba embarazada antes de que tu madre tomara esa foto. Víctor miró el sello de la clínica. Coincidía con el día y la hora eliminados de la imagen. Mariana se levantó. —Mi hija está esperando para comer conmigo. Cuando salió, Matías deslizó otra hoja sobre la mesa. —Antes de culparla otra vez, revise quién recibió realmente los 420 mil pesos. Víctor bajó la vista. Y al leer el nombre del beneficiario, sintió que toda su vida comenzaba a derrumbarse.
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