Entré al cuarto y encontré a mi suegra sujetando a mi hija contra el suelo. “Si le dices a papá, tu mamá no despertará mañana”, le susurraba. No grité: le quité el bolso, saqué tres frascos con recetas de un hombre muerto y llamé a un laboratorio… sin imaginar lo que revelarían sobre el café de mi esposa.

PARTE 2
Mauricio llamó a su antiguo compañero de preparatoria, el doctor Javier Salgado, químico farmacobiólogo en un laboratorio privado de Monterrey. Se encontraron en una cafetería. Mauricio puso los frascos sobre la mesa y relató todo. Javier no se burló. Examinó las etiquetas y bajó la voz. —El zolpidem puede provocar somnolencia profunda. El diazepam causa debilidad y confusión. La digoxina, administrada a alguien sano, puede alterar el ritmo cardiaco hasta detenerlo. —¿Como un infarto? —Exactamente como un infarto. Javier consiguió una toma de sangre para Laura bajo el pretexto de revisar anemia y deficiencias vitamínicas. Los resultados confirmaron rastros de diazepam y digoxina. Mauricio se sentó con ella en la cocina y le mostró los análisis, los frascos y el registro de visitas de Teresa. Laura negó con la cabeza al principio. —Mi mamá puede ser controladora, pero no una asesina. Entonces Sofía apareció en la puerta. —Mamá, yo la vi poner gotas en tu café. La expresión de Laura se quebró. Recordó que Ernesto también había sufrido náuseas, confusión y visión borrosa antes de morir. Teresa decía que eran síntomas de la edad. Nadie había pedido una segunda opinión porque ella había trabajado treinta años como enfermera. Laura lloró en silencio. Después preguntó: —¿Cómo la detenemos? Mauricio ya tenía un plan. Invitarían a Teresa a comer el sábado. Laura fingiría que estaba mejor y que deseaba reconciliarse. Mauricio colocaría cámaras ocultas en la cocina, la sala y el pasillo. Luego simularía salir con Sofía, pero ambos observarían desde el taller del patio. También llamó al comandante Adrián Mendoza, conocido de un cliente. El policía aceptó esperar cerca, aunque advirtió que necesitaban verla manipular la comida. El sábado, Teresa llegó con un refractario de pollo con arroz y una sonrisa de madre abnegada. —Qué alegría verte recuperada, hija. Mauricio tomó las llaves. —Tengo una urgencia de trabajo. Sofía viene conmigo. Sacó la camioneta, dio vuelta a la manzana y regresó por la entrada lateral del taller. En la pantalla de una computadora vieron a Teresa colocar el refractario sobre la barra. Miró hacia el pasillo, abrió su bolso y vertió varias gotas de un frasco transparente sobre la comida. Mauricio apretó los dientes. Luego Teresa preparó dos tazas de té. En una de ellas vació una cantidad mucho mayor. —Eso puede matarla hoy —murmuró Javier por teléfono al ver la transmisión. Teresa llevó la taza hasta Laura. —Bébela completa. Te ayudará a descansar. Mauricio salió del taller y entró por la puerta trasera. —Suelte esa taza. Teresa se sobresaltó, pero enseguida recuperó la compostura. —¿Me estabas espiando? —Tenemos todo grabado. Laura se puso de pie. —Sé lo que hiciste, mamá. Sé que mataste a Ernesto. Y sé que querías matarme por el seguro. Por primera vez, Teresa dejó de fingir. Su mirada se volvió fría. —No tienen idea de lo que están enfrentando. Puedo decir que Mauricio puso esos frascos. Puedo decir que te manipuló. Puedo hacer que le quiten a Sofía. —No esta vez —respondió una voz desde el pasillo. El comandante Mendoza entró acompañado de dos agentes. Teresa retrocedió. —Esto es una trampa. —No —dijo Mendoza—. Es tentativa de homicidio grabada desde tres ángulos. Cuando uno de los policías intentó esposarla, Teresa miró a Laura y sonrió de una manera que la dejó helada. —¿De verdad crees que todo era por el seguro? Tu esposo todavía no te ha contado qué encontró en la caja de seguridad de Ernesto. Mauricio giró hacia Laura. Él tampoco sabía de qué hablaba. Y en ese instante entendieron que los diez millones eran apenas una parte del secreto.
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