PARTE 2
Mariana tomó un taxi hacia un hotel con spa en Chapala. Durante el trayecto, la culpa le apretó el pecho. Nunca había pasado una noche lejos de Emiliano. Varias veces estuvo a punto de pedirle al conductor que diera la vuelta. Pero recordó la frase de Óscar: “Estás en casa descansando”. Si regresaba de inmediato, él seguiría creyendo que la comida aparecía sola, que la ropa limpia nacía doblada en los cajones y que un bebé era una compañía tranquila entre siestas. Mientras Mariana cerraba las cortinas de una habitación silenciosa, Óscar intentaba dormir a Emiliano. El niño pidió biberón, rechazó el biberón, quiso su chupón, lo escupió, lloró porque se le cayó una jirafa de goma y volvió a llorar cuando su padre se la devolvió. A la una de la mañana, Óscar logró acostarlo sin despertarlo y cayó vestido sobre el sofá. A las siete sonó el timbre. Valeria apareció con dos maletas, una bolsa de juguetes y los gemelos ya desayunados… según ella. —En la mochila azul están sus cambios. Renata no come jitomate, Mateo no toma leche sola, nada de azúcar, dos horas de parque y baños antes de las ocho. Gracias, hermanito. Te amo. —Espera, ¿cuándo vuelves? —En dos semanas. Valeria bajó corriendo. El taxi arrancó antes de que Óscar terminara de reaccionar. —Tío, ¿haremos hot cakes? —preguntó Renata. —¿Podemos construir una fortaleza? —añadió Mateo. En ese instante, Emiliano despertó gritando. Las siguientes diez horas destruyeron todas las teorías de Óscar sobre la crianza. Mientras preparaba la fórmula, los gemelos corrieron alrededor de la mesa. Cuando cambió un pañal, Mateo vació una caja de cereal en el piso. Renata intentó decorar al gato con ligas de colores. Emiliano tiró el puré contra la pared. La avena se quemó. Los niños rechazaron los sándwiches porque estaban “cortados de forma triste”. Óscar terminó pidiendo pizza. Al anochecer, el departamento parecía haber sobrevivido a un temblor. Entonces llegó Leticia con su propia llave. —¿Y Mariana? —preguntó, esquivando juguetes. —Se fue. Mamá, ayúdame con Renata. Quiere meter al gato en la tina y Mateo está atorado debajo del sofá. Leticia contempló el caos. Después se llevó una mano al pecho. —Ay, hijo, siento que me subió la presión. Necesito irme a acostar. —Pero tú dijiste que criar varios niños era fácil. —No exageres. Solo organízate. La puerta se cerró antes de que Óscar pudiera responder. Esa noche, los gemelos no quisieron dormir. Emiliano lloró por los dientes y solo se calmaba si lo cargaban mientras alguien caminaba. A las tres de la mañana, con la espalda ardiendo y la camiseta cubierta de leche, Óscar entendió algo que lo hizo sentirse miserable: Mariana vivía jornadas así casi todos los días y, aun así, él llegaba a casa preguntando por qué la cena no estaba lista. A la mañana siguiente, Mariana recibió una videollamada. Óscar apareció pálido, despeinado y con Emiliano en brazos. Detrás de él, Renata lloraba; Mateo gritaba que el baño se estaba inundando. —Mariana, por favor, necesito que vuelvas. Ella iba a responder cuando vio humo saliendo de la cocina. Óscar volteó, soltó un grito y corrió fuera de cuadro. Entonces se escuchó un golpe, el llanto de los tres niños y una frase que dejó a Mariana helada: —¡Mamá dijo que tú no ibas a regresar porque ya estabas harta de nosotros!
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