Me acerqué a la puerta.
La crema estaba frente a él.
—Daniel, llevas año y medio viviendo en esta casa. ¿Nunca te preguntaste dónde guardamos las cosas de nuestra hija?
No respondió.
Después intentó preparar el desayuno. Sofía rechazó la avena, tiró su vasito de agua y comenzó a señalar una mandarina.
Daniel se la ofreció sin pelar.
La niña lo miró confundida.
—Papá, no.
Tuve que explicarle que Sofía quería los gajitos sin semillas ni membranas difíciles de masticar.
A las diez de la mañana, mi esposo tenía la camisa manchada, el cabello revuelto y una expresión que jamás le había visto.
—¿Siempre es así? —preguntó.
—No. Hay días mucho más complicados.
Pensó que estaba bromeando.
No lo estaba.
Al mediodía intentó preparar arroz mientras Sofía insistía en que jugara con ella. Daniel dejó de cocinar para atenderla, pero cuando regresó, el arroz se había pegado al fondo de la olla.