Daniel se rio.
Pero cuando le pregunté si tenía miedo de hacer aquello que consideraba tan sencillo, dejó de sonreír.
—Está bien. Una semana. Después terminamos con esta tontería.
Acepté.
A la mañana siguiente, no preparé café ni desayuno.
A las seis y cuarto Sofía comenzó a llorar. Al mismo tiempo, el celular de Daniel sonó: su jefe lo necesitaba temprano en una reunión.
Mi esposo salió del baño con una camisa arrugada y el rostro desencajado.
—¡Mariana, no puedo atender a Sofía y llegar al trabajo al mismo tiempo!
Dejé mi taza sobre la mesa.
—Entonces, Daniel, ¿quién crees que resuelve esas situaciones todos los días cuando tú no estás?
Y aquella fue apenas la primera hora de su nueva realidad.
PARTE 3
Daniel se quedó mirándome como si acabara de escuchar la pregunta más absurda del mundo.