El tercer día tuvimos una visita inesperada.
Mi suegra, doña Rosario, llegó a media tarde.
Al encontrar a su hijo doblando ropa mientras yo leía en el sillón, abrió los ojos indignada.
—¡Daniel! ¿Qué estás haciendo?
—Doblando la ropa, mamá.
—¿Y Mariana?
—Descansando.
Mi suegra se volvió hacia mí.
—¿Cómo que descansando? ¿Mi hijo trabaja todo el día y todavía tiene que hacer los quehaceres?
Sentí que el rostro me ardía.
Antes de que pudiera responder, Daniel intervino.
—Mamá, estamos haciendo un acuerdo para repartir mejor las responsabilidades.
—En mis tiempos las mujeres cuidábamos la casa sin estar quejándonos.
Aquella frase me dolió más de lo que esperaba.
—Doña Rosario, yo no estoy diciendo que cuidar a mi familia sea un castigo. Lo que no quiero es que me humillen por hacerlo.
Mi suegra se quedó callada.