Volví antes de lo previsto de mi viaje de trabajo y encontré a mi marido arrodillado, subiéndose el cierre del vestido a su secretaria en nuestra propia recámara. “Ya preparé el divorcio; ella no podrá hacer nada”, presumió. No grité ni los enfrenté. Me fui con el reloj que pensaba regalarle y tomé una decisión sobre la empresa que cambiaría todos sus planes.

Pero un registro en particular llamó mi atención por encima de todos.

Durante dieciocho meses, se habían realizado depósitos mensuales por sumas exorbitantes a una sola cuenta. Leí el nombre del beneficiario y sentí un frío recorrer mi espalda: Beatriz Mendoza.

Mi propia suegra. La mujer que se pasó años diciendo que yo vivía gracias al esfuerzo de su hijo.

Levanté la mirada hacia Ricardo.

—¿Por qué tu madre recibía dinero de nuestra empresa?

Él guardó silencio, incapaz de articular palabra. Alejandro señaló la última transacción registrada en el documento.

—Ana, hay algo más. Ayer mismo intentaron realizar una transferencia final por diez millones de pesos.

Volví a mirar el papel. Y cuando leí el concepto de aquella última operación, comprendí toda la verdad: Ricardo no solo planeaba el divorcio… me estaba preparando una trampa para dejarme en la ruina absoluta.

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