Viviana tuvo que apartar la mirada para contener las lágrimas.
—Tu papá hizo eso por mí.
—Lo hace por todos —respondió Emiliano.
Al caer la tarde, Mateo se quedó mirando a las familias salir del centro. No había recibido una fortuna ni se había convertido en otra persona. Seguía usando los mismos zapatos gastados y preparando el desayuno antes de despertar a su hijo.
La diferencia era que ya no creía que los hombres como él debían vivir en el fondo.
Viviana se colocó a su lado, todavía con una leve rigidez en la pierna.
—Aquel día pensé que todos me habían abandonado.
—No todos.
Ella asintió.
La torre había vuelto a encender sus luces hacía meses, pero la verdadera reconstrucción no ocurrió entre paredes de cristal. Empezó en una escalera llena de humo, cuando un padre agotado decidió que llegar tarde a casa era mejor que dejar a una persona atrás.