—Ofelia lleva una semana poniéndole ocho gotas en la leche —explicó Teresa por teléfono—. Dijo que don Damián había consultado a un especialista.
—¿Y Tomás cómo estuvo esos días? —pregunté.
—Más cansado. El martes se quedó dormido en el jardín. Se lo dije a la señora Ofelia, pero me contestó que era normal.
Gael se cubrió la boca.
Dos horas después llegó Damián, impecable, con una chamarra azul y un abrazo preparado. Miró a Tomás a través del vidrio de terapia intensiva y luego me observó las heridas.
—Ya supe que la muchacha de limpieza fue muy valiente.
—Me llamo Mariela.
—Claro. Mariela. Gael, traje los registros que me pediste.
Extendió unas hojas impresas. Según la bitácora electrónica de la casa, el martes alguien había entrado usando la clave de Inés, la hermana menor de Gael. Damián también mostró un comprobante de transferencia de una asociación administrada por ella a una distribuidora farmacéutica de Xalapa.