—¿Qué le pasó? —pregunté.
—Murió en 2008, durante una operación de rescate. Su hijo tenía 12 años.
Me llevé una mano a la boca.
El coronel colocó otro documento sobre la mesa.
El fondo había pagado durante 3 años parte de la vivienda de su viuda. También cubrió sus estudios de enfermería y una beca para el propio Salgado.
Observé los recibos.
Reconocí a la mujer beneficiaria.
Reconocí las fechas.
Entonces comprendí que el niño al que habíamos ayudado a estudiar era el mismo hombre que aquella mañana quiso arrancarme el distintivo del abrigo.
—Él nunca supo de dónde salió el dinero —explicó el coronel.
Negué lentamente.
—Y no debía saberlo.
Pero cuando levanté la mirada, descubrí al sargento Salgado inmóvil junto a la puerta entreabierta.
Había llegado antes de su cita.
No sabía cuánto había escuchado.