—Sí. Pero esta vez lo voy a preparar yo.
Sirvió 3 tazas. Sus manos temblaron ligeramente cuando apareció el vapor, pero no soltó la jarra.
Mónica levantó la suya.
—Por el departamento.
Lucía negó con una sonrisa.
—Por su dueña.
Valeria sostuvo la taza entre las manos.
—Por todas las personas que aprendieron que amar no significa obedecer.
Bebió un sorbo.
El café estaba caliente, pero ya no representaba dolor.
Después de que sus amigas se marcharon, abrió las ventanas. Los sonidos de la ciudad llenaron el departamento: automóviles, vendedores, música y niños regresando de la escuela.
Valeria caminó hasta el lugar donde antes estaba la mancha.
No quedaba rastro.
Guardó la sentencia junto a las escrituras. No como recuerdo de Mauricio, sino como prueba de que había defendido lo que construyó.
El departamento seguía siendo suyo.
Su salario seguía siendo suyo.