También invité a don Ernesto a conocer Guadalajara.
Una tarde nos sentamos en el jardín de la casa de mi infancia.
Le serví café y pan recién horneado.
—Nunca voy a poder agradecerle lo que hizo por mí —le dije.
El anciano sonrió.
—Yo solo te advertí, Mariana. Tú fuiste quien tuvo el valor de escuchar.
Le pregunté por qué había salido aquella noche bajo la lluvia.
Me contó que había escuchado a Alejandro discutir por teléfono junto a la cochera, mencionando mi nombre, un documento y una hora límite.
Como notario jubilado, comprendió que algo no estaba bien.
Había llamado a un antiguo colega para intentar verificar sus sospechas.
—No sabía todo lo que estaban planeando —admitió—. Solo sabía que necesitabas tiempo para no tomar una decisión bajo presión.
Lo abracé.
A veces una persona que apenas forma parte de tu vida puede mostrarte más humanidad que quienes llevan años sentados a tu mesa.