La investigación sobre la muerte de mi padre seguía su propio proceso.
Aprendí a aceptar que la justicia necesitaba pruebas y tiempo, aunque el dolor quisiera respuestas inmediatas.
Alejandro había intentado comunicarse conmigo varias veces.
Primero me pidió dinero.
Después me pidió perdón.
Finalmente me escribió:
«Mariana, me equivoqué. Ahora entiendo que tú eras lo mejor que tenía».
Leí su mensaje una sola vez.
No respondí.
Porque había comprendido que algunas personas no lamentan haberte lastimado.
Lamentan haber perdido lo que podían obtener de ti.
Y yo ya no iba a confundir su arrepentimiento con amor.
Con parte de los dividendos que recibía de mis inversiones, impulsé un programa de capacitación y apoyo para mujeres que querían recuperar su independencia económica después de vivir situaciones de abuso.
No lo hice para sentirme superior.
Lo hice porque recordaba perfectamente el miedo que había sentido aquella madrugada, cuando tres personas intentaron convencerme de que no tenía ninguna salida.