—Claro, hijo. Si tú estás de acuerdo.
Gabriel guardó silencio unos segundos.
—La invitación también es mía.
Los ojos de Teresa se llenaron de lágrimas.
—No tienes que perdonarme por obligación.
—Todavía me duele lo que hiciste, mamá. No sé si alguna vez dejará de dolerme por completo.
—Lo entiendo.
—Pero Sofía necesita a su abuela. Y quizá yo también necesite conocer de nuevo a mi madre.
Teresa lo abrazó con cuidado, como si temiera que se apartara.
Esta vez Gabriel permaneció entre sus brazos.
Aquella noche, Sofía terminó una pintura especial.
Era la misma casa antigua que había dibujado meses atrás.
Pero algo había cambiado.
Antes solamente una ventana estaba iluminada.
Ahora eran 3.
En la primera aparecía un hombre trabajando la madera.
En la segunda, una anciana preparando comida.
Y en la tercera, una adolescente pintando frente a un caballete.