Gabriel también había llenado el reporte de incidentes del salón, con la hora de la llamada de emergencia y los nombres de quienes me sacaron de la alberca. Lo entregó directamente a la autoridad. Yo seguía teniendo pesadillas con esa escena, pero cada dato confirmado me quitaba un poco del miedo de que mi familia consiguiera cambiarla.
Al segundo día, Marta llamó.
—Si te preguntan, di que resbalaste. Tu papá cubrirá el hospital.
—Mi hija está en terapia intensiva.
—Precisamente. ¿De dónde vas a sacar para todo eso si nos metes en problemas?
—Voy a trabajar, como siempre. Y voy a decir la verdad.
Mi madre colgó. Media hora después, Rafael mandó un mensaje: «Sin la transferencia, los trabajadores se quedan sin sueldo. Piensa bien a quién quieres perjudicar».
Por primera vez sentí culpa por personas que no habían participado en la fiesta. Conocía a varios choferes desde niña. Pero también sabía que un préstamo personal no podía reparar años de malas decisiones. Pedí a Ana que revisara conmigo los documentos que yo había conservado legítimamente cuando hice la auditoría de la empresa.