Mi propia madre me golpeó en el vientre porque me negué a darle $240,000 pesos, y caí a la alberca con ocho meses de embarazo. Mientras me hundía, mi padre gritó: “Déjenla ahí”. No dije nada cuando desperté en el hospital, pero al revisar un correo del banco descubrí algo que cambiaría para siempre el destino de toda mi familia…

En el segundo cumpleaños de Inés, Gabriel, que se había vuelto mi amigo, llegó con una alberca inflable y se detuvo al ver mi expresión.

—Perdón —dijo—. No pensé que pudiera molestarte.

—No hiciste nada malo.

La dejamos para otro día. Inés jugó con vasos de agua, mojando el piso y riéndose cuando las gotas le salpicaban los pies. La miré sin pedirle que tuviera miedo por mí.

Gabriel me preguntó si extrañaba a mis padres. Le dije que extrañaba a los que había esperado tener, no a los que conocí.

Todavía hay familiares que aseguran que debí proteger el apellido y resolverlo en privado. Cada vez que los escucho, pienso en la puerta del hospital, en los dedos diminutos de mi hija y en el silencio de sesenta personas frente a una alberca.

Me pregunto si también habrían llamado «asunto de familia» a lo ocurrido si quien hubiera caído al agua hubiera sido Paula.

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