En el segundo cumpleaños de Inés, Gabriel, que se había vuelto mi amigo, llegó con una alberca inflable y se detuvo al ver mi expresión.
—Perdón —dijo—. No pensé que pudiera molestarte.
—No hiciste nada malo.
La dejamos para otro día. Inés jugó con vasos de agua, mojando el piso y riéndose cuando las gotas le salpicaban los pies. La miré sin pedirle que tuviera miedo por mí.
Gabriel me preguntó si extrañaba a mis padres. Le dije que extrañaba a los que había esperado tener, no a los que conocí.
Todavía hay familiares que aseguran que debí proteger el apellido y resolverlo en privado. Cada vez que los escucho, pienso en la puerta del hospital, en los dedos diminutos de mi hija y en el silencio de sesenta personas frente a una alberca.
Me pregunto si también habrían llamado «asunto de familia» a lo ocurrido si quien hubiera caído al agua hubiera sido Paula.